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martes, 28 de agosto de 2012

Y tú qué personalidad tienes

Hoy voy a hablar de un tema que ya había mencionado en otras entradas de este blog: nuestra personalidad. Aunque he leído últimamente unas cuantas noticias que, en estos tiempos de crisis, hablan de aplicar nuestra creatividad, de ser tenaz, responsable, etc., esta entrada tiene un carácter más general, basado en cómo nos apasiona a todos saber cosas sobre nuestra propia personalidad y sobre la de los demás. En mi libro, Las aristas borrosas del éxito (disponible en Amazon) se habla de ello.

Para ir poco a poco, empezaré por algo que no es tan evidente como parece. ¿Qué es la personalidad? A bote pronto, alguien puede responder: es nuestra forma de ser. Es verdad que es una respuesta un poco vaga, pero en el fondo, así debe ser la respuesta, ya que la personalidad no es nada concreto, sino que es un concepto. Y, como tal concepto, la personalidad es algo que no se puede pesar, que no es mejor ni peor, ni más completa ni más pobre que la de otra persona. Veis por dónde voy, ¿verdad? Hay muchos mitos alrededor de esta intrigante palabra, que ha movido y mueve tanto en todo el mundo. Voy a ir hablando de ellos en esta entrada.

La personalidad, tratando de llevar a tierra el concepto, puede decirse que es un conjunto de características que cada ser humano tiene, por un lado desde que nace -ya desde bebés se nos califica como tercos, protestones, mimosos, etc.- y, por otro lado, debido a la interacción de esa persona con el mundo. Es decir, nacemos con unas características, y éstas se van consolidando o bien modificando a lo largo de nuestra experiencia vital. De hecho, todos los modelos considerados científicos que describen la personalidad, lo hacen a través de un conjunto de características, bien directamente, o bien a través de "dimensiones" que agrupan cada una varias características. Uno de los modelos más conocidos, el PEN de Eysenck, supone tres dimensiones (P, E y N), y cada una de ellas se divide luego en nueve características de personalidad concretas, de las de andar por casa (espontaneidad, timidez, tristeza, agresividad, creatividad, etc.).

De modo que la definición anterior supone que nuestra personalidad es un conjunto de características con las que nacemos, y que se van modulando a lo largo de nuestra vida. Esto, que parece de perogrullo, nos lleva a poder responder a una pregunta frecuente: ¿la personalidad puede cambiar? Efectivamente, puede. A lo largo de la vida, algunas características se reafirmarán, quedando grabadas a fuego hasta el día en que muramos, y otras se irán modulando, llegando algunas a cambiar por completo con el curso del tiempo. ¿Qué otra cosa se podría esperar? Desde que nacemos hasta que se llega a la ancianidad transcurren muchos años, y hay muchísimas vivencias y sentimientos experimentados, que van cambiando nuestra percepción de las cosas y afectando, cómo no, a nuestras características de personalidad. Suponer lo contrario sería suponer que la personalidad está grabada en nuestro ADN, cosa que no tiene mucho sentido, ya que, como hemos supuesto al principio -y en esto parece haber acuerdo general- la personalidad es un concepto formado por otros conceptos. Es decir, no se trata de algo tangible, como sí lo es el ADN.

Sin embargo, aunque no sea algo tangible, los rasgos de personalidad se intentan medir. De hecho, es algo siempre se ha hecho desde que el ser humano existe, aunque en el pasado se hacía por comparación: alguien es más agresivo que otro, o menos creativo, o mucho más tímido. Actualmente, se utilizan procedimientos más científicos, pero igualmente basados en la comparación: las escalas en las que están basadas los tests psicológicos modernos están baremadas con muestras de poblaciones reales, de muchos miles de individuos. Precisamente, he aquí uno de los principales problemas de los test de personalidad: su validez. La mayoría de los test de personalidad están baremados contra poblaciones estadounidenses, y europeas en el mejor de los casos. Pero, ¿y el resto? Además, aceptando los baremos existentes, convendremos fácilmente en que no todos los europeos tienen las mismas características. Un ejemplo sencillo: si un italiano y un sueco obtienen la misma puntuación en la dimensión "impulsividad" de un mismo test, uno de los dos será un caso ciertamente extraordinario, ya que los habitantes de sus sociedades difieren bastante en esa característica de personalidad. Este es un ejemplo de característica que puede ser modulada por nuestra experiencia vital. En el momento de nacer, dos personas de países distintos pueden tener un rasgo presente por igual, y el curso de los años en sus sociedades se tiende a matizarlo en sentidos opuestos.

Una pregunta que dejé atrás en el camino y que ahora es fácil recuperar: ¿hay personalidades más íntegras, más completas, mejores o peores? Evidentemente, no. Si a todos nosotros nos realizasen un completo test de personalidad como los derivados del modelo de Eysenck, o del modelo de Cattell -el test 16PF, que mide dieciséis características de personalidad- todos obtendríamos una determinada puntuación en cada una de las características medidas. No podríamos obtener una "no puntuación". Es como no comunicar, que es imposible (hasta el silencio comunica, a veces demasiado). Siempre se puede argumentar que hay puntuaciones mejores o peores -la puntuación media-, pero de nuevo volvería a ser algo no real. Tomando como ejemplo algunas de los dieciséis rasgos del test de Cattell, nos encontramos con la dimensión sobrio-entusiasta (una puntuación muy baja en esa dimensión denotaría sobriedad, y muy alta entusiasmo). ¿Qué es mejor? ¿Ser muy entusiasta? Probablemente, para un piloto de avión, o para un cirujano, no sea una característica muy recomendable a priori. O quizá sí. Otra dimensión: práctico-imaginativo. Según la tarea que vayamos a acometer, puede ser más útil ser práctico, o lo contrario, antes que una puntuación intermedia.

Otro lugar común: ¿nuestra personalidad determina nuestro comportamiento? Sólo en parte. Nuestra personalidad, como es lógico, va a influir en cómo nos comportamos en cada momento. Pero no nos comportamos de una forma concreta sólo en función de nuestra personalidad. De nuevo, lo que llevamos con nosotros -nuestras características interiores- entran en juego con cada situación concreta en la que nos encontramos. Si alguien va desarmado por la selva y se encuentra de frente con un león, por muy entusiasta que sea es posible que no se lance a correr, sino que empiece a retroceder lentamente. Como vemos, vuelve a ser algo flexible: nuestra personalidad no determina estrictamente cómo nos comportamos. Es la interacción entre nuestro bagaje interno y la situación en la que nos encontramos la que finalmente establece nuestro comportamiento.

Para no alargarme demasiado, seguiré hablando del tema, así como de la influencia de nuestra personalidad en las situaciones cotidianas: trabajo, familia, etc.