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viernes, 17 de octubre de 2014

Ejecutivos black



La noticia que voy a comentar hoy es la del escándalo de las tarjetas de crédito ocultas que han manejado altos cargos de Caja Madrid y Bankia hasta hace poco. Tras hacerse públicos los importes gastados, está apareciendo en la opinión pública una indignación sin precedentes. Tanto, que la noticia ha eclipsado a las de mis entradas anteriores, a saber, las tribulaciones fiscales de la familia Pujol Ferrusola.

Si entonces hablaba de la poca categoría moral de la que hacía gala esta familia, los protagonistas de esta nueva noticia todavía les superan en pocos escrúpulos. Y en ambos casos se prevé un largo proceso judicial hasta depurar responsabilidades. Y también se intuye la defensa como gato panza arriba de los acusados, pese a que la sociedad ya les ha condenado casi unánimemente. Quien haya leído mis libros (enlace aquí) podrá entender más fácilmente el motivo de conductas como estas aunque, como me ocurre a mí, le parezcan totalmente inadecuadas.

Es normal que el hecho haya despertado indignación. La mayoría de ciudadanos de este país está sometida a dificultades económicas desde el estallido de la crisis económica en 2008. Crisis económica, por cierto, a la que la mala gestión en las entidades bancarias ha arrastrado a la mayoría de ciudadanos de a pie. Sin embargo, en lugar de ser los primeros en dar ejemplo y apretarse el cinturón, estos dirigentes, y los del resto de su sector, han disfrutado de sueldos millonarios -en el caso de diez de ellos- o de varios cientos de miles -en el caso de otros tantos-. Y, por si estos espectaculares sueldos fuesen poco, han dedicado a todo tipo de caprichos una enorme cantidad de dinero. Por dar una cifra llamativa, 23 de estos ejecutivos han gastado -cada uno- más de 30.000 euros por año con estas tarjetas opacas. Y, como es normal cuando hay diferentes implicados -en este caso, nada menos que 83-, empiezan a aparecer versiones contradictorias. Por un lado, unos dicen que pensaban que se trataba de gastos de representación. Para empezar, si así fuera, habrían debido justificar de alguna manera el gasto a su empresa, cosa que ninguno ha acreditado. Y, dado que ha trascendido el detalle de los gastos, parece difícil incluir en esa categoría compras realizadas en Mercadona, o regalos infantiles de Navidad, por mencionar sólo dos de ellos. Por su parte, otros afirman que se trataba de complementos salariales o, más aún, parte de su retribución. Sin embargo, parece que ninguno ha demostrado que dicha retribución conste en sus declaraciones fiscales. Para rizar el rizo de tanta contradicción, 28 de ellos las utilizaron cuando ya no trabajaban para Caja Madrid. Con lo cual, ni lo uno, ni lo otro.

Como se puede observar, el asunto huele bastante mal. Huele a que, una vez más, nuestros dirigentes se sienten por encima del bien y del mal. Una vez se ven en posesión de un cargo, han triunfado. Están en la cima del mundo, y cualquier privilegio les parece poco. De modo que, además de disponer de unos sueldos envidiables, ven normal disponer de una tarjeta de crédito sin ningún control. O casi; al menos, había un límite anual de gasto, al que parece que la mayoría acababa acercándose. Con lo cual, más que para sus gastos, las tarjetas parecen haber servido para el pillaje. Eso sí, pillaje de guante blanco.

Como siempre aparece la excepción que confirma la regla, hay cuatro ejecutivos que no han hecho ningún gasto con sus tarjetas. Como en el caso de los derrochadores, es probable que las versiones de estos cuatro sean diferentes. Pero el hecho de que cuatro dirigentes hayan recibido una tarjeta cuyos gastos no tenían que justificar, y aun así no hayan gastado un solo céntimo, indica que algo no veían claro. A pesar de que, probablemente, veían a sus colegas derrochando dinero con sus tarjetas. En cualquier caso, sea por el motivo que haya sido, los cuatro deberían ser premiados, en mi opinión. Se han comportado con una honradez inusual, sólo hay que ver la proporción: 4 frente a 83. Lo cual me hace pensar en una extrapolación interesante. ¿Será esta la proporción de dirigentes que –independientemente de su conciencia- actúen honradamente? En cuanto aparece un caso de corrupción política, o en general, de malas prácticas, afloran los portavoces de turno abogando por el resto de la clase política. En su cacareo, afirman que los corruptos en política son unas pocas manzanas podridas. Pues bien, en mi opinión, la proporción anterior (4 a 83) está mucho más cerca de la realidad que lo que predican estos cantamañanas portavoces.

Y, ¿qué pasará con los denostados ejecutivos si al final son juzgados? A la vista de sus primeras declaraciones, es posible que las resoluciones judiciales no les resulten onerosas. Como mencionaba antes, en lugar de admitir culpabilidad alguna, la gran mayoría se está declarando inocente. Ni tenían conocimiento de que los gastos no fuesen reglamentarios, ni se trata de una nueva práctica en la empresa. Al parecer, estas tarjetas comenzaron a generarse a finales de los años ochenta, antes de que cualquiera de ellos hubiera accedido a su cargo. Adicionalmente, sobre el tema tributario, muchos de ellos se han dirigido oficialmente a Caja Madrid, requiriendo información sobre las retenciones que la empresa les practicó. Y, en concreto, si éstas incluían la parte correspondiente a los gastos de las tarjetas. En cualquier caso, esta estrategia podría servir si ellos hubiesen incluido como parte de sus retribuciones los gastos de las tarjetas, pero no parece que haya sido el caso. Aun así, está claro que la idea de casi todos es alejar de ellos la responsabilidad, como si hubiesen tenido que gastar desenfrenadamente porque no tenían más remedio. Algunos de ellos se han apresurado a devolver el importe gastado en su día, lo cual será sin duda un atenuante en un proceso judicial. Otros, por su parte, ya han anunciado que no tienen intención de devolver ni un céntimo.

Por desgracia, en este país nos estamos acostumbrando peligrosamente a este tipo de escándalos. Sin embargo, hasta ahora, todas las irregularidades se ceñían a un escaso grupo de responsables directos, aunque los implicados finales pudieran ser muchos. Sin embargo, el hecho de que haya más de ochenta sujetos que hayan adoptado esta práctica sin mayores escrúpulos, y en la que fue la cuarta mayor entidad financiera del país, es más que grave. Y que sólo cuatro hayan resistido a la tentación también da mucho que pensar.