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viernes, 31 de mayo de 2013

La red social de los poderosos



En la entrada de hoy, retomo un tema ya tratado en su día en este mismo blog. En la entrada de noviembre: “Crisis, what crisis?” se hacía mención a varias noticias alrededor de la multinacional LVMH: el incremento constante de sus ingresos anuales a pesar de la crisis, el fichaje estrella de un director artístico de la competencia, y por último, el anuncio de que el propietario de este imperio, Bernard Arnault, había solicitado la nacionalidad belga, según decía éste, para realizar más fácilmente inversiones en ese país. La conclusión que indiqué entonces era que quienes pertenecen a los círculos de poder forman una red social propia, a la que se vinculan cuando adquieren su privilegiado status, y en la que se relacionan mediante intercambios de favores. Esto es algo que podemos comprobar en las noticias que aparecen en los medios cada día, simplemente analizando quién está detrás de cada decisión importante, y qué posición tuvo anteriormente. Es decir, los movimientos de cada uno dentro de la red social de los poderosos. En mi libro, Las aristas borrosas del éxito (enlace aquí), se trata este tema en detalle.

Como es lógico, el tema más controvertido de los tres que mencionaba en aquella entrada –la solicitud de la nacionalidad belga por parte del más acaudalado ciudadano francés- ha seguido produciendo noticias sin cesar. Unos meses más tarde, la oficina de extranjería belga, uno de los tres organismos que debían aceptar la solicitud de nacionalidad del millonario, se pronunció en contra, ya que consideraba que Arnault no había acreditado tres años de residencia en el país, requisito imprescindible para obtener la nacionalidad belga. También lo hizo la Fiscalía de Bruselas, y sólo hubo dictamen favorable de la oficina de Seguridad, al no existir antecedentes penales en su contra. De todos modos, hace algo más de un mes, el propio interesado retiró su solicitud, comunicando que la misma se había debido a su interés de proteger la integridad de su imperio en caso de que no hubiese acuerdo entre sus herederos si él falleciera. Aunque nunca se sabrá la verdad absoluta, algo puede haber de cierto en ello, según lo que indico a continuación.

Hace unas semanas, se ha publicado otra noticia (enlace aquí) donde se explica con cierto detalle el entramado sucesorio previsto por el magnate. Al parecer, hace cinco años creó en Bélgica una empresa que gestionaría su herencia en caso de que se produjese la desaparición repentina del fundador. El punto más importante de todo ello sería decidir quién sería el sucesor al frente del grupo empresarial. Un punto nada trivial, como es lógico, y para el que se postularían, en principio, sus cinco hijos, y también dos sobrinos que trabajan dentro de su imperio. Pero hay bastante más: el magnate decidió transferir a esa empresa belga el 90% de las acciones de su conglomerado empresarial, cediendo la mitad de las mismas a sus hijos, aunque manteniendo él en su poder el usufructo –beneficios, y derechos de voto derivados de las mismas-. A su vez, los hijos firmaron un compromiso de mantenerlas cierto tiempo una vez desaparecido el padre. En esta complicada operación, que fue aprobada en su día por el ministro de Economía francés, lo que se consigue es transformar una herencia en una donación, con la consiguiente rebaja fiscal del 45% al 6,5%. Pues bien, unos años más tarde, quien fuese ministro de Economía es ahora el presidente de la fundación que controlará el futuro del imperio una vez desaparezca el magnate; lo cual, además de una cuantiosa retribución, le dota de un poder de influencia que no sé si alcanzamos a imaginar. Qué coincidencia, ¿verdad? Aunque también se puede ver lo anterior como la devolución de un favor al que fuese importante político.  Aquí es donde esta entrada enlaza con la de hace unos meses: en la red social de los poderosos, los favores quedan anotados y, antes o después, se terminan devolviendo.

Como los grandes personajes son plenamente conscientes del seguimiento que se hace de sus movimientos y la repercusión que ello tiene en los ciudadanos, tras retirar su solicitud de nacionalidad, el magnate se quejó de las críticas recibidas en los medios de comunicación, diciendo que su contribución a las finanzas de Francia era mayor que la de cualquier otro, ya que su empresa paga 1.000 millones de euros en concepto de impuesto de sociedades. Teniendo en cuenta que en 2012 el grupo tuvo un EBITDA de 7.220 millones de euros, y un beneficio antes de impuestos de 5.729 millones –ambos beneficios en crecimiento continuo año tras año-, esto supone que, aproximadamente, el porcentaje tributado es de 17,5%. No parece ninguna barbaridad; a la mayoría de los simples trabajadores se les hace pagar bastante más que eso en impuestos. Además, el magnate sabe que, pagando todos los impuestos del grupo en Francia, tiene un arma de presión importante hacia el gobierno de su país cada vez que tenga que negociar con ellos cualquier asunto. Y, sobre todo, no olvidemos que quien está pagando esos impuestos es el grupo de empresas, con cargo al beneficio de las mismas. No se trata, ni mucho menos, de lo que paga el señor Arnault personalmente; lo que hace referencia a su patrimonio está sujeto a otros privilegios mucho más exclusivos. Como muestra este otro articulo (enlace aquí), Arnault no ha tenido que pagar ni un céntimo en impuestos a la hacienda belga, a pesar de haber declarado unos beneficios de 193 millones de euros entre 2009 y 2011. Parece ser que, merced a una ley belga de 2005, a condición de que la empresa esté creando empleos –aunque escasos- en el país, se condona el pago de impuestos, lo cual ha atraído ingentes cantidades de dinero a Bélgica en los últimos años. Es decir, no es preciso que el señor Arnault busque llevar su dinero a ningún paraíso fiscal; en la práctica, ha logrado ese mismo tratamiento en Bélgica, como indica el artículo, que, por cierto, cambia los porcentajes de la herencia-donación antes mencionados, aunque manteniendo un orden de magnitud aproximado –el 45% es aquí un 40%, y el 6,5% es aquí un 3%-. Paradójicamente, el artículo indica que, según la OCDE, Bélgica es el país europeo con cargas sociales más elevadas. Aunque no para el señor Arnault. Como acababa en mi entrada de entonces, la crisis no es igual para todos.