Google+ Followers

jueves, 14 de marzo de 2013

Bergoglio y Ratzinger: tan distintos, tan iguales


Resulta curioso comprobar, una vez más, que la realidad supera con creces a la ficción. En un asunto de alto secreto, como el cónclave mantenido días atrás en el Vaticano, a éste que escribe le resulta difícil no evocar las imágenes de alguna película. Hay unas cuantas películas bastante conocidas que reflejan las numerosas intrigas vaticanas. Intrigas, por otro lado, esperables en cierto modo, debido al inmenso poder que se concentra en ese pequeño estado.

En mi libro Las aristas borrosas del éxito (disponible aquí) se habla, entre otras cosas, de la gran capacidad de influencia que conservan en nuestros días las organizaciones religiosas. Esta semana leí en un artículo que la principal tentación a la que se enfrentaban los cardenales en este cónclave era la del poder. A la vista de los últimos nombramientos –el de Benedicto XVI y el de Francisco-, creo que sus eminencias han sucumbido en ambas ocasiones a la tentación, dando muestra de su humanidad. Vayamos por partes.

Los dos últimos cónclaves parecen haber seguido similares caminos. Unas primeras rondas de votaciones que sirven para tantear los apoyos de unos y otros y, una vez constatado que ningún candidato logra por sí solo la abrumadora mayoría necesaria –en este cónclave, con 115 cardenales, era preciso tener el voto de 76, nada menos-, entonces se opta por una solución equitativa: ya que ninguno de los favoritos consigue vencer con claridad, no será designado ninguno de ellos. El elegido será –ha sido, en ambos casos- aquél con mayor poder de arrastre de votos. A estos cardenales más influyentes se les ha denominado grandes electores, “king maker”, y otros apelativos similares. Quienes estaban en esa posición, es decir, Ratzinger en aquel momento y Bergoglio en estos pasados días, han utilizado su gran poder de influencia para llegar a la misma solución: “elegidme a mí”.

Juan Pablo II fue un Papa con un marcado perfil público. Viajero, emprendedor, valiente, fue un Papa misionero. Cuando falleció, la elección en el cónclave de Benedicto XVI se veía como un contrapunto, si bien no necesario, al menos admisible. Se trataba de un Papa mucho más reflexivo, menos dado a los actos públicos que su antecesor, y con un mandato previsto no muy largo –fue elegido con 77 años-. Cuando se lee el perfil que algunos diarios dan de este nuevo Papa –alguien culto, tímido, esquivo- da la impresión que el parecido en cuanto a personalidad con su antecesor es más que notable. Llama la atención que algún artículo lo defina como “anti-Ratzinger”, basando ese calificativo en argumentos como su sensibilidad con los pobres y visión progresista, además del hecho de ser hispanoamericano y jesuita, el primero en la historia que llega al papado. En mi opinión, algunos de estos supuestos resultan difícilmente justificables; respecto al calificativo de progresista, el mismo artículo resalta su contundente oposición al matrimonio gay y a técnicas como la inseminación artificial, además de ser conocida su tolerancia en el periodo de dictaduras militares que vivió Argentina. Respecto a su supuesta afinidad por los pobres, qué decir: los jesuitas han destacado a lo largo de la Historia justamente por lo contrario. Todo lo anterior, unido al hecho de que ya tiene 76 años –no es una edad en la que el ser humano se sienta generalmente muy progresista-, parece dejar bien claro que posee un perfil muy parecido al del anterior Papa. Y este perfil viene a ser todo lo contrario de lo que se pedía o se vaticinaba en estos días: que sería un Papa joven, renovador, enérgico, misionero. Algo no parece encajar en todo esto. Pero, en fin, tiempo al tiempo.

En la anterior entrada de este blog se hacía referencia a la pirámide motivacional de Maslow para asociarla a la expresión coloquial “pasar a la posteridad”, que siempre ha sido considerado lo máximo que puede lograr una persona. Al menos, una persona de las clases medias y bajas, es decir, más del 99% de la población. Sin embargo, pasar a la posteridad no parecía ser lo prioritario entre los papables en estas últimas semanas, dado su interés por aclarar diversas cuestiones concernientes a la vida vaticana como la situación del Banco Vaticano o la filtración de documentos confidenciales, conocida como Vatileaks, antes de iniciar el cónclave. Es posible que tanto remilgo ante una oportunidad única –acceder al papado- haya creado cierta división en la intención de voto de sus eminencias, y en medio del desconcierto ha aparecido quien, sin ser uno de los candidatos con más opciones -más bien lo contrario, por todo lo indicado en el párrafo anterior-, se ha llevado el gato al agua. Y ha hecho buena la tesis de Maslow, una vez más.

Hay que tener en cuenta una variable adicional, que no ha sido pasada por alto en los artículos posteriores a la elección. En el cónclave de 2005, una vez realizadas las primeras votaciones, Bergoglio, que era uno de los favoritos, optó por retirarse y, dicen que con lágrimas en los ojos, solicitó a sus afines que votasen a Ratzinger. Ocho años más tarde, éste decide abandonar y, contra todo pronóstico, el damnificado en 2005 parece cobrarse la deuda a la que se hizo acreedor en aquel momento. Como siempre, hay opiniones de todo tipo, pero un “Papa bueno” –como también se ha calificado a Bergoglio en algún artículo- podría haber instado a sus afines a elegir a otro candidato más idóneo. Incluso si, como se dice, la suya ha sido una solución intermedia entre el brasileño Scherer y el italiano Scola, el que ya es nuevo Papa podría haber usado su influencia para interceder por algún otro de los que se consideraban con opciones: el cardenal canadiense Ouellet, el austriaco Schönborn, o incluso el filipino, Tagle. Hasta el hondureño Maradiaga podía haber sido beneficiario de su influencia: en la actualidad tiene 71 años, también es hispanoamericano y también, como él, fue uno de los favoritos en el cónclave de 2005. Pero no. Su enorme influencia ha sido utilizada en beneficio propio, y esto, guste más o guste menos, es un hecho.

Vuelvo a la frase del comienzo: “el mayor enemigo en este cónclave es el poder”. El ansia de poder, tan inherente al ser humano, sin importar su condición, parece que siempre está detrás de todo. Qué hará el nuevo Papa con tanto poder en sus manos –por ejemplo, si acometerá o no la renovación tan reclamada por todos- está por verse. El tiempo dirá.